miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cuento sobre la guerra: ¡Capitán es un héroe!


Para todas las víctimas de las minas antipersonas en Colombia.
 A ellos, verdaderos héroes que se sobreponen al dolor, 
trabajan con tesón y sueñan con un país en paz. 


Alcalde:

Quiero pedirle el favor que me ayude a encontrar a mi perrito. Él no es un perro cualquiera: ¡Capitán es un Héroe!

Se perdió el lunes mientras yo estaba en la escuela. Creo que salió a la calle a buscarme, como lo hacía allá en mi pueblo: Samaniego. Él me  esperaba en el camino y corría como un loco cuando me veía llegar al alto. En Bogotá vivimos en otra loma: Ciudad Bolívar, parece un pueblo más pobre que el mío. Tal vez, mi perro se perdió buscando algún árbol para alzar la pata y orinar, aquí no hay árboles sólo postes de la luz.

Alcalde, dese prisa, la vecina me dijo que a los perros que encuentran en las calles: los atrapan con una malla, los meten en un camión y en la perrera los matan con una inyección. ¡Yo no quiero que Capitán muera! Si mi perro está en ese horrible lugar, por favor, mándelos: ¡Qué no le hagan nada malo a mi perro!

Él no tiene la culpa de querer andar libre por las calles. Cuando Capitán era pequeño: vagaba feliz por cualquier finca de la vereda, saltaba cercas, se agarraba con otros perros, jugaba en la quebrada y corría tras las gallinas, los gatos y las ovejas. Allí vivíamos tranquilos, hasta que la guerrilla plantó minas por todos lados.

Un sábado, allá en mi tierra, cuando salimos para jugar fútbol con mis amigos, Capitán se nos adelantó y comenzó a ladrar. Al intentar dar un paso se nos paraba delante y no nos dejaba seguir, ladraba y ladraba, estaba furioso, creíamos que tenía la rabia. La única que logró cruzar fue una gallina saraviada, y en pocos segundos, tras un estallido más fuerte que el de la pólvora de las fiestas, sus plumas explotaron por todos lados.

Esa  misma semana salimos huyendo. Unos hombres, vestidos de militares con un trapo negro en la cara y un fusil al hombro,  buscaban a mi taita para matarlo. Querían asesinarlo porque se negaba a pagar la plata, que cobraba la guerrilla, por la mina que explotó la gallina saraviada.

El único animal que empacamos fue a Capitán ¿Cómo dejarlo tirado si me había salvado la vida? Aunque el chofer del bus no lo quería traer a la capital, mi taita le pagó un tiquete sólo para él, y se vino todo un día y una noche, sentado a mi lado con la jeta triste… ¡Todos estábamos tristes de abandonar el rancho!

Alcalde, sé que encontrar a mi perro en una ciudad tan gigante, costará mucho dinero. Yo sólo tengo algunas monedas ahorradas, de lo que gano jornaleando ayudando a mi papá: reciclando chatarra, botellas y papel de la basura. Aquí no tenemos tierra y mi padrecito no sabe hacer nada más que: sembrar tomate de árbol, plátanos y granadillas; o criar gallinas, conejos y ovejas.

En la capital todo es diferente. He visto en el noticiero que la policía ofrece mucha plata para encontrar a personas que hacen cosas malas: ¿Por qué no ofrece una recompensa para encontrar a un perro bueno como el mío?

Me gustaría que Capitán volviera a casa, lo hecho en falta. Ojala algún día todos podamos volver a mi pueblo. Pero si usted le salva la vida o lo topa, puede quedarse con él. De seguro estará orgulloso de tener a un perro tan valiente. Y así, el Capitán, podrá comer tres veces al día, en casa sólo hay dinero para el desayuno o la comida.

Si lo manda a trabajar con los soldados, Capitán hallará más minas en Samaniego. Él evitará que a otros les pasé lo que Rafael: un niño de mi escuela que perdió un brazo cuando estalló una mina, nunca más pudo volver a tocar el clarinete en la banda del pueblo. ¡Esas cosas hacen mucho daño! 

Dios quiera que nadie vuelva a quedar ciego como don Ismael; cuando bajaba por la trocha, pisó donde no debía, y con una vaina de esas... se le estallaron los ojos. ¡Yo no entiendo la guerra! ¿Por qué le hacen cosas malas a los paisanitos buenos?

¡Alcalde, Ayúdeme por favor! Para que usted conozca a Capitán, y no lo confunda con otro perro, le mando una foto que le tomó la vecina. Carga un trapo amarillo amarrado al cuello. Tiene enormes ojos cafés, tan grandes como los de una vaca moza. 

Si lo encuentra, avísele a mi maestra Rosario, en el Colegio Arborizadora Alta de Ciudad Bolívar. Donde pagamos arriendo no tenemos teléfono. 

¡Gracias señor Alcalde de la capital!

Juan Inocencio Bolívar


© 2015 Liliana Mora León

Imagen: Foto de perro criollo del Albergue Zamora -http://alberguezamoradoggy.tumblr.com/

jueves, 5 de noviembre de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

Poema infantil: La araña sonámbula



La araña              sonámbula
su cara miró  y       sin risa la vio
un  gran susto se dio y al suelo cayó
por todos lados buscó y nada encontró
con patas largas corrió y al cielo subió
a una estrella llegó y con calma tejió
la red terminó y un sueño atrapó
el viento soplo y así la meció
la luna besó y al rato
por fin se durmió
La arañita
sonrió
ó

Sonámbula: es una persona que tiene un sueño diferente; dormida puede levantarse, andar, hablar y hacer otras cosas que no recuerda al despertar.

© 2015 Liliana Mora León

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuento sobre el perdón y la reconciliación: El mejor consejo para dormir feliz



Una mañana de domingo en la granja, doña Oveja presenció la pelea entre don Conejo y doña Coneja y los escuchó alegar así:

— Está claro que tú ya no me quieres —dijo el conejo—. Ahora cuidas más a las flores del jardín que a mí.

— Pues tú, sólo quieres estar con tus amigotes ­—respondió ella muy enojada—. A casa sólo llegas en la noche a comer, mientras yo permanezco sola todo el día haciendo los oficios.

— Prefiero estar con ellos que discutiendo contigo —refunfuñó el conejo—. Además, tú todo el tiempo tratas de controlarme: ¡Me prohibiste hasta comer zanahorias!

— Agradece que me preocupo por tu salud —respondió ella con rabia—. Mírate: ¡Estás barrigón por ser tan glotón!

— Tú no te quedas atrás: ¡Tienes más arrugas que un acordeón! —respondió él en venganza—. ¡Ya no eres la conejita graciosa con la que me casé!

— ¡Viejo gruñón¡ ¡Eres un desagradecido! —gritó ella con enojo—. Algún día te abandonaré y sabrás lo que valgo.

— ¡Vieja cansona! ¡Eres una amargada! —exclamó furioso—. Con gusto el que se marcha ya… soy yo.

De inmediato torcieron la boca, fruncieron el ceño, se dieron la espalda y salieron dando saltos en direcciones opuestas. Ella fue a contarles a sus vecinas lo sucedido, él a distraerse jugando con sus amigos.

Esa noche al volver a casa evitaron las miradas y el silencio reinó. Al ir a la cama por más que lo intentaron no pudieron dormir tranquilos: ¡El enojo les había robado el sueño! Y aunque contaron una, dos, tres… y hasta mil ovejas, no lograron cerrar los ojos.

Tras varios días sin conciliar el sueño doña Coneja, visiblemente cansada, le pidió a doña Oveja el mejor consejo para dormir. La pacífica y dulce oveja, conocedora de la pelea y de la causa de las noches de insomnio, le respondió rápidamente y sin dudar:

— ¡Pídele perdón a tu pareja antes que llegue la noche, así dormirás feliz!

Luego, llegó don Conejo ojeroso y somnoliento y le solicitó el mismo consejo. Doña Oveja le dio una respuesta igualita:

— ¡Pídele perdón a tu pareja antes que llegue la noche, así dormirás feliz!

Toda la tarde los conejos recordaron la pelea. En sus cabezas resonaban las palabras que los hacían sentir muy mal —glotón, barrigón, cansona, amargada…­— ¡Aún les dolía el corazón!

Después, también llegaron como ecos sus propias palabras, las que habían  pronunciado sin pensar en un momento de ira ¡Ambos desearon haber callado a tiempo!

Al atardecer del día, don Conejo llegó temprano con el deseo de pedirle perdón a doña Coneja. La buscó por toda la casa pero no la encontró. Pensó que lo había abandonado, sintió un vacío enorme y comenzó a llorar desconsolado tirado en su cama. Tras varios minutos de chillar y chillar a moco tendido, abrió los ojos y observó encima de la almohada una nota pequeña que decía:


¡Lo siento mucho!
¡Por favor, si aún me amas, búscame en nuestro árbol!

Con amor: 
Tu conejita.

Don Conejo feliz se secó las lágrimas, limpió los mocos, peinó su pelo y practicó frente al espejo cómo meter su enorme panza. Dándose prisa cruzó todo el jardín y corrió hasta el gran árbol: el mismo donde un día le había prometido a doña Coneja amor eterno.

Al llegar, ella estaba esperándolo con su mejor vestido y una bella sonrisa que la hacía lucir más joven. Los dos se miraron y entre lágrimas se pidieron perdón.

Ese día como muestra de su amor: doña Coneja le regaló a don Conejo una zanahoria deliciosa; él la disfrutó como si fuera la última sobre la faz de la tierra. Él, por su parte, la alegró con una bella flor. Era una hermosa margarita cuyos pétalos le confirmaron a doña Coneja que… ¡Él todavía la amaba!

En la noche, antes de caer en un profundo sueño, los dos se hicieron una nueva promesa: 
¡Nunca más irían a la cama sin antes pedirse perdón!... 

© 2015 Liliana Mora León

martes, 22 de septiembre de 2015

Cuento corto de pollitos: La diferencia entre el gallo y la gallina


En la escuela de la granja la profesora preguntó a los pollitos:

­—Chiquillos, me pueden decir: ¿Cuál es la diferencia entre papá gallo y mamá gallina?

Es muy fácil —dijo el primer pollito, hijo de una gallina que trabajaba poniendo huevos­—. Papá gallo, cuando el sol comienza a brillar canta sin parar: Quiquiriquí, Quiquiriquí, Quiquiriquí… Mamá gallina no lo hace así, ella cacarea cuando hace la tarea: Coo, Coo, Coo, Cooooooo…

Luego, respondió el segundo pollito:

— Papá gallo es más grande, muy fuerte y tiene una enorme cresta como la corona de un rey  —explicó el hijo de un orgulloso gallo de pelea—. Mamá gallina es más chica, suave y redondita. Y, con sólo mirarnos, sin decirnos ni pío, nos pone a correr detrás de ella.

Tras escuchar a sus amigos, habló el pollito más pequeño de la clase:

—Cuando llueve papá gallo da un gran brinco, sale corriendo, se esconde rápido en el gallinero y en un rincón comienza a temblar. En cambio, mamá gallina nos guarda bajo sus alas hasta que la lluvia se va... ¡Mamá gallina no le tiene miedo a nada!

© 2015 Liliana Mora León

miércoles, 5 de agosto de 2015

Cuento de amor a los animales : Kiko el gallito temeroso



Hace un tiempo, en una vieja granja del oeste, vivía Kiko; un gallo joven que no sabía cantar y mucho menos pelear. Era el pollo más temeroso que existió en aquel lugar, y para el dueño de casa, un gallo tan vergonzoso como ese, sólo podía tener un pronto final en el fogón.

El miedo de Kiko comenzó una mañana cuando tomaba su desayuno,  un gallo más grande y fuerte que él, se lanzó inesperadamente y le dio picotazos y golpes con sus grandes alas mientras le robaba su comida. Luego de la golpiza, lo amenazó: —Si le dices algo a tu mamá…la próxima vez te irá peor.

Con mucho valor y venciendo el miedo a lo que pudiera pasar, le contó a su mamá. Para su sorpresa, ella le respondió: ­—Ya estás grande, tienes que resolver solito tus problemas­—. Kiko se sintió triste al escucharla, estaba seguro que de ahora en adelante no tendría la ayuda de doña gallina.

Otra tarde, recibió una paliza peor que la primera. Kiko quedó mal herido, con las plumas rotas y una pata coja. Pero se armó de más valor y decidió contarle esta vez a su papá, esperando que él lo defendiera. Su padre, un famoso gallo de pelea bastante enojón, después de escucharlo, de mal genio le contestó:



 —Esa es la forma como los gallos aprender a pelear, eres un gallo y no una gallinita —se burló del hijo mientras batía sus alas y su cola, y hacía ruido como una—; la próxima vez que me vengas con esos cuentos, seré yo quien te coja a picotazos…¡Aprende a ser un gallo de verdad!¡Eres una vergüenza para esta familia!

Las palabras de papá gallo no lo dejaron nada aliviado, parecía que pelear era bueno para los demás, pero Kiko odiaba entrar a picotazos con otros gallos: ¡Él adoraba vivir en paz! Ese día decidió que era mejor callar y aguantar los golpes de los gallos granujas y grandulones.

La hora preferida para los ataques al pequeño, era la hora de la comida, y a punta de golpes lograban quitarle todo los granos de maíz que kiko quería llevar a su pico. El joven gallo estaba cada vez más flaco, daba pena verle los meros hueso cubiertos de plumas.

Su peor momento de terror, fue una noche de noviembre, cuando entró un astuto zorro al gallinero y lo agarró entre sus dientes. El animal cazador al sentirlo tan flaco y huesudo, prefirió soltarlo y  agarrar una gallina más gordita y más sabrosa. Pero Kiko, aturdido por lo ocurrido, quedó paralizado del miedo, estaba completamente mudo y desde esa noche no volvió a decir ni pio.

Todos se burlaban de él; ¡El gallo que no peleaba y no cantaba al amanecer! Pero una mañana todo cambió para Kiko. Cuando sin esperarlo, alguien lo defendió de los demás gallos que a picotazos le robaban su alimento. Miró a su defensor y encontró a un pequeño niño: Manuel, el hijo menor del dueño de la granja.

—Chite…corre…vete de aquí, aléjate, déjalo en paz —les gritaba el niño a los otros gallos y gallinas, mientras los perseguía con un palo y todos revoloteaban por ahí.

Por primera vez, Kiko pudo comer en paz y llevarse varios granos de maíz al buche…Con la barriga llena, se sentía más feliz, y con una enorme energía para correr hasta el atardecer.

Ese fue el primer día del resto de la vida de Kiko, sintió que alguien lo defendía en sus peores momentos. Sorprendido, se hizo más fuerte aquella mañana, ya no estaba solo en el mundo como él pensaba…Eso lo llenó de valor.

A la mañana siguiente, después del salir el sol, de  nuevo estaba Manuel en las puertas del gallinero. Aún en pijama y con la cara somnolienta, vigilaba que ningún gallo le quitara su comida a Kiko. Pero al intentar acercarse al gallito, éste, pensado que también lo golpearía salió huyendo y se escondió entre la paja…

El niño se puso a la tarea de aproximarse al animal. Cada día se ubicaba un paso más cerca del pollo. Hasta que un martes, cuando el gallito comía desprevenido, le tocó suavemente la cabeza. Era la primera vez que el Kiko sentía la ternura de una caricia…y de alguna manera quería estar allí cerrando sus ojos, y sintiendo aquel calorcito.

Días después, Kiko se sorprendió esperando a Manuel, quien nuevamente se le acercó y le tocó su cresta, y mientras le acariciaba sus plumas, le dijo unas palabras que el pollo nunca más olvidó: ¡Eres un lindo gallito! ¡Eres un gallito muy bueno!


Sí, Kiko escuchó cosas bonitas sobre él. Y eso lo hizo sentir muy bien. Algo cambió aquel día: se paró más derechito, extendió su largo pescuezo y levantó la cabeza, ya no caminaba mirando el piso, daba pasos más firmes, y parecía más grande y fuerte…¡Sentía que él también era especial!

La amistad entre Manuel y Kiko fue creciendo poco a poco. Hasta que llegaron a ser casi inseparables. Kiko caminaba detrás del pequeño y lo acompañaba a todas partes. Y aunque los demás gallos se burlaban y lo llamaban “perrito faldero”, a él no le importaba, tenía un buen amigo, alguien que lo amaba.

Para el dueño de casa, un gallo que no cantaba merecía un pronto final. Así que, una mañana de domingo llegó a sacarlo del gallinero, para preparar con él un delicioso almuerzo. Detrás corría Manuel, que con llanto le decía a su papá:

—¡Déjalo, ese es mi gallo! —luego le gritaba—, No pueden comerse mi pollo! ¡Él es mi amigooo...!

Después de mucho llanto, el niño logró convencer a su padre de soltar a Kiko. Y aunque lo dejó libre, le puso una condición, que pensó nunca lograría cumplir:

­—Si quieres que este gallo viva, tiene que aprender a pelear y a cantar —luego agregó con voz decidida—, tienes siete días, ni uno más, ni uno menos.

Después, de lo dicho por su padre, Manuel se dio a la tarea de enseñar al gallo. Sin pensarlo y sin experiencia, se convirtió en profesor. Pero, por más que lo intentaba, no lograba que Kiko fuera un gallo de pelea.



Se le ocurrió llevar a Kiko a una granja vecina, para que aprendiera de otros gallos. Al intentarlo, dos feroces perros lo persiguieron enojados hasta la cerca. Mientras Kiko, ante el miedo de ser mordido por aquellos canes, temblaba como una gelatina y entonaba un leve Ko..Ko..Ko…

—Por lo menos...¡Hoy dijo algo! —pensó Manuel mientras Kiko todavía tembloroso y negro del miedo, sentía que algo se destrababa en su garganta.

El viernes muy temprano, Manuel tomó el gallo con una mano, y con la otra trepó con dificultad a un árbol, un roble cercano. Cuando estaba en una rama alta, lanzó el gallo al aire, pensando que ante el miedo, reaccionaría igual que lo hizo ante los perros.  Pero Kiko solo repetía Ko..Ko…Ko…. Al llegar al piso, aún vivo y con las plumas alborotadas, salió corriendo de allí, pensando que Manuel se había vuelto loco y quería matarlo con tremendo susto.

Llegó el sábado. Manuel sabía que sería el último día con su amado gallo. Sin lograr ningún canto ni pelea, el domingo moriría sin remedio.Al principio Kiko, no quería acercarse, pero al poco tiempo, volvió a recordar que él era su amigo.

Manuel, lo tomó entre sus brazos, lo acarició y le pidió perdón por lanzarlo desde el árbol. Luego, llegó la diversión: jugaron, saltaron, corrieron, comieron y bebieron, hicieron una larga siesta entre el pajar y fueron felices como nunca.

Al atardecer, antes que Kiko volviera al gallinero, Manuel se despidió de su plumado amigo:

­—¡Fue un hermoso día! —y luego con  un gran abrazo y lágrimas en los ojos le dijo con voz entrecortada—¡Te extrañaré toda la vida, eres el mejor amigo que he tenido!

Kiko no entendía muy bien lo que pasaba y permaneció breves minutos entre los brazos del niño antes de entrar al gallinero.

Fue una noche larga para el niño, daba vueltas y vueltas en su cama, con los ojos abiertos, escuchando los diferentes ruidos del campo. Los perros aullaban de vez en cuando, los grillos entonaban su trinar sin descanso, y la lechuza sonaba en el viejo eucalipto...¡El único que no hacía ruido era Kiko!

Poco antes que saliera el sol, los gallos lejanos comenzaron a cantar. Manuel saltó de la cama y corrió al gallinero, convencido de poder detener a su papá; quien al punto de las seis de la mañana estaba en las puertas del lugar, listo y preparado para llevarse a Kiko.

El pequeño niño, se aferró fuertemente a la camisa de su papá y tirado en el piso evitaba que  su padre avanzara fácilmente…Kiko lo observaba todo desde adentro.

El padre de Manuel, bastante enojado, daba gritos al pequeño y con una mano tomó la correa de sus pantalones y le dio un gran latigazo en la cola. El niño lloró muy fuerte por el dolor, y entre lágrimas y sollozos pedía: ¡Canta Kiko!¡Canta Kiko!¡Canta…por favor!

¡Pero Kiko no cantó! En ese momento,  el gallito se lanzó contra el padre de Manuel y le daba picotazos…parecía el gallo más bravo de pelea de toda la región…luchó y luchó hasta que logró que el hombre soltara al niño…Todos los animales se quedaron admirados al ver el valor de aquel gallito.



Una vez liberado Manuel de su rabioso padre, Kiko subió al lugar más alto del gallinero: extendió su cuello, respiró profundo, abrió su picó y cantó una vez y después otra: Quiquiriquí… Quiquiriquí… Quiquiriquí…¡Entonó su canto tan fuerte que se escuchó hasta el pueblo más lejano!

Manuel, a pesar del fuerte dolor, estaba feliz y sonrió al escuchar a su amigo cantar…¡Lo habían logrado!. Kiko se salvó de terminar cocinado en el fogón.

Desde ese día ningún animal de la granja volvió a maltratar a Kiko. ¿Quién querría meterse con el gallo que venció al hombre?. Tampoco el padre de Manuel volvió a golpear al niño, cada vez que lo intentaba, estaba allí su más fiel defensor.

La familia del gallito estaba muy feliz. Su padre, el famoso gallo de pelea, sacaba el pecho orgulloso de tener un hijo tan valiente. Quería que Kiko participara en peleas, llegara a ser un gran campeón y ganara trofeos y medallas. Pero su hijo, nunca más volvió a pelear...

Desde que descubrió su voz, lo que Kiko amaba era cantar. En cada amanecer, desde el gallinero, despertaba con melodioso canto a todos en la granja y también a sus vecinos. 

—¡El amor hace cantar a cualquiera! ­— pensaba Manuel, cuando desde su cama escuchaba a su amigo.

Kiko, fue el único gallo que en la granja murió de viejo. Manuel lo despidió con lágrimas y flores, y lo enterró bajo el viejo roble, aquel desde el cual lo lanzó un día al aire. Para recordar su tumba, en una pequeña tabla de madera, le escribió con un lápiz negro de la escuela: “Kiko, mi más valiente amigo, al que nunca le gustaron las peleas”.

Liliana Mora León

lunes, 25 de mayo de 2015

Cuento de amor a la tierra: Ruperto en cohete a Marte

El loro Ruperto quiere un mejor planeta, ya está cansado de vivir en la Tierra. Detesta los días lluviosos, y en su selva amazónica llueve todo el año. Cada vez que se moja sus hermosas plumas, él se pone más verde del mal humor.

Otras veces allí hace mucho sol. Cuando el calor llega lo atrapa la pereza y le es imposible comenzar a volar, tan sólo se le antoja cerrar sus alas e ir a dormir. Pero al medio día cuando hace la siesta, el ruido no lo deja seguir. En la selva: los micos chillan, las ranas croan, los insectos zumban, los árboles silban, el tigre ruge sin parar… ¡Todos hacen mucha bullaaa!

A veces, logra cerrar los ojos por unos minutos, hasta que escucha a las motosierras encendidas. Son los hombres, que están talando las casas de sus vecinos. ¡Ese ruido lo vuelve loco! Teme que algún día talen también su árbol, y él caiga al piso enredado en las ramas. Siente miedo de tener una muerte tan fea para un loro bien parecido como él.

Ruperto sueña con vivir en otro planeta, uno sin tantos habitantes ruidosos y molestos. Le han dicho los expertos que existe un planeta cercano a la Tierra, donde no llueve y no hace tanto calor. Además, parece que es un sitio bastante apacible y sin mucho ruido. Ruperto cree que allí, en Marte, será muy feliz.

Aunque ya es un loro viejo, le gustan mucho los viajes. Con prisa sacó su pañuelo rojo de pirata y lo ató en su cabeza. Luego, alistó su cohete y lo mandó al taller donde le ajustaron las tuercas. Antes de partir llenó los tanques de combustible, acomodó su maleta y encendió los motores. Al poco tiempo, despegó con un enorme estruendo, cruzó el cielo como una cometa y en contados minutos estaba… ¡Volando fuera del planeta!

Al salir al espacio, sintió cierta nostalgia cuando dejaba la Tierra atrás, no sabía si algún día volvería a visitarla. Al mirar desde afuera entendió porque era el planeta azul: tenía mucha agua en diversos mares y ríos. Pero Ruperto estaba seguro que el rojo de Marte sería mejor.

Después de un tiempo de vuelo, el loro no escuchaba ningún ruido. ¡Era el silencio total! Tan sólo oía levemente los latidos de su corazón y el motor de su cohete. ¡Estaba contento, muy contento! Deseaba darse cuanto antes una buena siesta. Pero Ruperto no pudo ir a dormir, sin copiloto tenía que conducir todo el tiempo su cohete.

Al principio de la travesía disfrutó tener tanta paz, pero con el paso de unos días y luego otros, se cansó de ver siempre lo mismo por la ventana: un oscuro vacío silencioso. Quería llegar pronto a Marte, de seguro allí encontraría más diversión.

Cumplía casi mil días de travesía, y cuando estaba a un pelín de morir de aburrimiento, por fin divisó Marte. Al acercarse al planeta vio que era de color rojo, pero no uno vibrante y alegre como el de las plumas de las guacamayas. ¡Claro que no! Era un horrible color óxido, apagado y sin gracia. Sin duda, prefería el azul de la Tierra o el verde brillante de su Amazonía.

Al aterrizar ya era de noche y Ruperto no sentía calor. Hacía tanto frío que le dolían los dedos de las patas y el pico amarillo se la puso morado. A pesar de no tener ningún ruido alrededor no pudo dormir ¡Se estaba congelando! Ese día, por primera vez, añoró el calor de su selva tropical.




A la mañana siguiente, cuando salió un diminuto sol  en el horizonte, observó que a su alrededor no había nada, nada de nada. ¡Marte era un enorme desierto! Miró por todos lados y no encontró árboles para trepar o tomar alimentos, comprendió que si se quedaba moriría de hambre.

Buscó desesperado otros habitantes para conversar y no halló a nadie: ni iguanas, ni micos, ni ranas, ni siquiera un mosquito. Ruperto estaba completamente solo en ese planeta. 

En algo los expertos tenían razón: en Marte no llovía. ¡Ya no se le mojaban las hermosas plumas!... En cambio, un molesto polvo amarillento volaba todo el tiempo por el aire. Aquella arena diminuta, se le metía por todos lados: en los ojos, las orejas, en el pico y en las plumas.

Polvoroso, deseaba darse un buen baño hasta recuperar su encanto. Al intentar volar flotaba como un globo, le costó mucho trabajo aprender a controlar sus alas. Tras varios intentos, logró recorrer algunos kilómetros y no encontró una gota de agua… ¡En Marte no habían ríos, lagunas, ni mares!

Al ver aquel desierto desolado: ¡Ruperto chilló desconsolado! ¡Marte no era como él soñaba! Cuando secó sus lágrimas, que con el polvo corrían como lodo, recordó un paisaje muy parecido y sintió un enorme escalofrío por todo su cuerpo: ¡Ya había visto ese paisaje!... Así quedaba su selva cada vez que el hombre terminaba de explotar la montaña, talar los árboles y secar los ríos.

Cansado, triste y asustado por el destino de su selva, Ruperto subió a su Cohete y voló de regreso a casa. El viaje fue más corto de lo que pensaba, ya conocía de memoria el camino de las estrellas.
Tan pronto aterrizó, tomó un buen baño en el río, hasta que volvió a ver el lindo verde de sus alas. Luego, con un hambre de elefante, hizo una buena comilona de hojas, semillas y frutas. Con la barriga llena estaba feliz y quería ir a dormir. Pero antes, no se aguantó las ganas de contarles a sus  vecinos como era Marte. Impactado por lo visto en aquel planeta a todos les decía: ¡Debes cuidar la Amazonía!



Tras su llegada, Ruperto se siente feliz cuando la lluvia moja sus alas, sigue con su mal genio peleando por el ruido que hacen sus vecinos, pero ahora está convencido que la Tierra es el mejor planeta para vivir.

Aunque dicen que: “loro viejo no aprende a hablar”, Ruperto está aprendiendo el lenguaje de los humanos. Quiere algún día, él mismo contarles sobre su viaje a Marte. Desde lejos se le escucha repetir, una y otra vez, palabras en español y portugués: “muchas gracias”,”muito obrigado”.

 2015 Liliana Mora León

Imágenes Pixabay

viernes, 22 de mayo de 2015

Cuento sobre el amor a los libros: Lola Lee Que Lee


Hace algún tiempo...¡Lola odiaba los libros!

En sus primeros años, prefería jugar en el parque que sentarse a leer un libro.

Cada vez que su madre la llamaba para leer, Lola le decía: ¡No quiero! ...y hacía una gran pataleta que a todo el mundo aterraba.

Al principio, a pesar de las rabietas de la pequeña, mamá le enseñó la ronda de las vocales y aprendió a cantar: a e i o u…a e i o u.  Lola descubrió que: ¡Las vocales eran divertidas!

Luego, mamá le mostró el vídeo del mono sílabo, y con aquel entretenido animal formó parejas de dos en dos: ma me mi mo mu - pa pe pi po pu... ¡Lola daba brincos de la alegría!

Lola, también conoció los números. Supo que después del dos llegaba el tres. Contaba todo el tiempo sin parar: Una manzana, Dos muñecas, Tres pelotas...

La sorprendió mucho ver la sonrisa de mamá, cuando sumando palabras escribió por primera vez: “Amo a mi mamá”.

Ese día, Lola supo que las palabras podían hacer felices a las personas…y surgió en ella el deseo de aprender más y más palabras.

Muy contenta, aprendía palabras cada vez más grandes: De una...de dos...de tres...de diez letras y más. ¡Llego a crear palabras gigantes!

Poco a poco, Lola aprendió a leer palabras, y lo podía hacer a cualquier hora y en cualquier lugar. 

Comenzó leyendo cuentos chicos. Luego, libros cada vez más grandes. Comprendió que mientras más páginas tenía el libro, más duraba la aventura.

Si el día estaba lluvioso y no podía salir a jugar, ya no había ningún problema: ¡Un libro era su mejor compañía!


Cuando leyó la historia de  Aladino y su lámpara maravillosa,  le pidió al famoso genio...¡Más libros para leer!

Parece que el genio la escuchó: porque en los cumpleaños, la navidad o cualquier fecha especial, le regalan más y más libros.

Ahora tiene tantos, que en su cuarto formó una montaña de libros, que crece y crece. ¡Cada día está más grande! 

Lola comparte sus cuentos con sus amigos, adora cuando todos hacen parte de la misma historia.

También, regaló algunos de sus libros preferidos a la iglesia. Quiere que todos los niños pobres tengan un cuento que los haga soñar.


Pero una mañana, Lola pensó que nunca más volvería a leer. Cada vez que leía sentía un fuerte dolor de cabeza. Las letras las veía algo borrosas. Parecía que las palabras se estuvieran desapareciendo de las páginas de sus libros.

Con llanto le contó a la mamá. Ella inmediatamente la llevó al doctor. Él, iluminó sus ojos con una pequeña linterna, la miró con unos binoculares de científico y la puso a leer letras en un cartel.


Después de una larga espera en la sala del doctor, Lola salió de allí luciendo unas gafas muy bonitas. ¡Parecía una niña más inteligente!

Al llegar casa, se sintió aliviada. Al abrir un libro, había recuperado las palabras perdidas ¡Esa gafas eran mágicas!

A veces, se siente triste cuando termina un libro. Quisiera que fuera más largo, para continuar el viaje.  Pero después…recuerda que puede volver a leerlo cuantas veces quiera, y...recobra la alegría.

Ahora con sus gafas mágicas, Lola lee que lee, y no para de leer.

Ayer, le contó a la mamá que tiene un nuevo deseo para Aladino:
 ¡Qué todos los niños del mundo amen los libros tanto como ella!  

© 2015 Liliana Mora León
Imágenes: Pixabay